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viernes, 21 abril 2006

El Pueblo (1): antecedentes.

 

Tienes 15 años, un noviete con el que acabas de perder un par de virginidades, un instituto con una verja que puede saltarse fácilmente y veinte amigos con los que te juntas los viernes por la noche para ir a la puerta de un local en el que no te dejan entrar por ser menor de dieciséis y sentarte en la acera a compartir un cigarrillo entre los veinte y aprender a tragarte el humo mientras te arde el pelo de la envidia cada vez que un grupillo o pareja de gente mayor (diecisiete años) salen entre risas del susodicho local.
 
 
En dos palabras: eres feliz.
 
 
Hasta que un día a tus padres les da un ataque de fervor rural y nostalgia por sus raíces, y deciden que se van a hacer una casita, o a rehabilitar la casita vieja heredada de los abuelos, en El Pueblo.
 
 
El Pueblo es un lugar remoto que sólo has oído mencionar en las típicas anécdotas contadas por tu abuela sobre los veranos que pasabas con ella, siendo pequeñita ... sentada en el alféizar de la ventana, mojando el chupete en un vaso de coca-cola, dando de comer a los pajarillos, las nubes se levantan, que sí-que no-que caiga un chaparrón ... capítulos bucólicos de la prehistoria de tu vida que ni recuerdas ni te importan.
 
 
Con tu más tierna infancia terminaron las vacaciones en el Pueblo. Se terminó el Pueblo. Punto final.
 
¿Punto final? No. Sólo punto. Hasta ahora. 
 
 
 
Sin plantearte ni por un segundo que la repentina locura de tus padres por el Pueblo no es tan repentina, y que lo que ocurre es que existe una evidente falta de comunicación entre ellos y tú -es decir, que llevas un año y medio aproximadamente sin prestar atención a ninguna palabra que ellos digan- te posicionas en evidente desacuerdo con ese proyecto de futuro que consiste en pasar todos los fines de semana, veranos y fiestas de guardar en lo que con toda seguridad es un agujero dejado de la mano de dios y rebosante de seres situados en algún punto de la evolución humana, indefinido pero sin duda bastante alejado del homo sapiens sapiens.
 
Tú eres guay. Tu vida es guay. Y no estás dispuesto a cambiarla por nada del mundo, y menos por estiércol y paletos.
 
Pero, amigo, no hay nada que hacer. Las, hasta ese momento, frecuentes prédicas sobre lo mayor y maduro que eres se han borrado como por arte de magia de la -ay!- frágil memoria paterna, y vuelves a ser a sus ojos un cigoto, un huevo, una célula madre indefensa y en modo alguno apta para quedarse sola en la ciudad los fines de semana.
 
 
No hay elección. Tus padres mandan y tú tienes que ir al Pueblo.

 

 

12:15 Anotado en Amarillo real | Permalink | Comentarios (3) | Enviar a Email

Comentarios

Si cultivaras flores como yo...

Yo pasé por esa misma fase, ahora es casi al revés, en cuanto tengo excusa me marcho al Pueblo a pasar el finde.

Creo que voy entendiendo el por qué a los que me jodieron la adolescencia con El Pueblo

Anotado por: Klá | viernes, 21 abril 2006

Yo cultivo capullos xDDDDDDDDDD

Anotado por: El bombón rebosante de ingenio :D | viernes, 21 abril 2006

Pues yo creo que quien no tenga Pueblo, tienen q encontrase uno.

Vale tambien ir al pueblo d algun amigo d "La Capital"
Asi encontre yo a mi santa en el ochentaitantos!!!! Y ahora soy hijo predilecto del pueblo.

Pueblos forever

Anotado por: Javo | lunes, 24 abril 2006